Microrrelato: En la ribera del Sumida

A principios de año gané un concurso de microrrelatos inspirados en Haruki Murakami. Lo organizaba por internet Otaku Center, una tienda de Madrid, y ni siquiera sé cuánta gente participó, pero no me gustaría que lo poco original que escribo se pierda para siempre en la maraña de bits que enredamos más y más cada día; así que lo voy a dejar por aquí. No me gusta ahora que lo vuelvo a leer, pero eso es algo que me pasa con todo lo que escribo, y lo hago a diario. Además, cada vez soy mas viejo y me importa menos lo que alguien pueda llegar a opinar.

El premio fueron dos libros de Murakami: Sauce ciego, mujer dormida y Sputnik, mi amor. Ya me he leído el último y, aunque la reseña se me atraganta (como todas desde hace más tiempo del que me gustaría), espero terminar de escribirla en el menor tiempo posible.

Ahí que va.

Ryusuke no hizo muchas preguntas cuando uno de sus pocos amigos le consiguió la pistola. Le mintió. Le dijo que siempre le habían gustado y que hacía mucho tiempo que tenía ganas de probar cómo sería disparar con una de verdad. También mintió a sus padres. Les dijo que esa noche iba a quedar con una nueva amiga de la universidad, que la iba a invitar a cenar a un sitio bonito. Los libros de su habitación no le echaron de menos. Esa noche, la luz de su mesilla se apagó a las diez, mucho antes de lo que sus vecinos estaban acostumbrados a ver. Dejó su dormitorio impecable, cerró por última vez la puerta de su casa y empezó a andar hacia el último lugar que lo vería con vida.

Allí, sentado en la ribera del río Sumida, en uno de los bancos vacíos que adornan su orilla, Ryusuke jugaba con el cañón de la 9mm. Pensaba en cómo sería la vida de las personas que conocía el día siguiente: la de los pocos amigos con los que compartía sus aficiones, la de los padres que nunca se habían preocupado realmente por él, la de sus vecinos a los que nunca había caído bien, incluso la de una hipotética amiga de la universidad que nunca había llegado a conocer.

Al otro lado de la pantalla, en su cama, Miho observaba como la pistola empujaba la sien de Ryusuke, su mirada apagada y su cuerpo flácido que había abandonado toda esperanza. Apagó la televisión, se dio la vuelta y se arropó con todo lo que tenía. No quería saber cómo acababa la película. En la tele solo emitían desgracias.

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