Pero ¿qué han hecho con mi libro?

El siguiente artículo apareció en el diario inglés The Telegraph allá por el 16 de diciembre de 2009 y en él,  Terry Pratchett comparte sus impresiones al ver por primera vez la obra de teatro basada en su premiado libro: “Nation”. La presente traducción se publicó por primera vez en el boletín oficial de noticias de la Legión Extranjera Klatchiana nº 90 del mes de mayo, traducida por un servidor y revisada por el resto de criaturas de la redacción. Las imágenes corresponden a sus respectivos autores, que jamás estarán interesados en una traducción al español de una reseña de Pratchett ni pasarán por aquí. Circulen.

El pasado miércoles, fui al National Theatre a ver la obra “Nation”, basada en mi libro, que, por una de esas casualidades de la vida, también se llama “Nation”. Creo que es el mejor libro que he escrito o escribiré y también al que he dedicado más esfuerzo.

Resumiéndolo un poco, transcurre en el siglo XIX, cuando un tsunami de proporciones gargantuescas devasta los océanos y deja solo en una isla desierta a un chaval indígena con Daphne, una chica de la Inglaterra victoriana que también se ha quedado aislada por culpa de la ola. Su timidez y la dificultad de su relación se convierten en la principal motivación para salvar a los naúfragos que van llegando a la isla y, mientras, tienen que luchar contra todo tipo de agresores para descubrir los secretos que se esconden en la isla, secretos que cambiarán sus vidas por completo.

Pero, volviendo al tema, lo importante es que cuando se hicieron los pases de prensa de la obra hace dos semanas, los periodistas fueron bastante duros en sus críticas. Tuvieron elogios para la puesta en escena, pero la obra en general fue calificada de “racista”, “políticamente incorrecta” o “fascista”. Por mantener la educación, diré solamente que quienquiera que haya dicho algo así no llegó a comprenderla.

Hay que tener en cuenta que el libro tuvo una buena recepción en todo el mundo el año pasado, y que ha ganado la Medalla Printz de la Asociación de Libreros de América, que viene a ser el premio más prestigioso que puede ganar un autor británico con una obra juvenil. Conozco a algunos de esos libreros y, a pesar de estar chapados a la antigua, “racismo”, “fascismo” y “políticamente incorrecto” son expresiones que ni se les pasarían por la cabeza al leerlo. Me deprimió tanto aquello que algunos amigos escritores me dijeron que no hiciera caso a los críticos, y que en ningún momento se había nombrado al autor.

No vi la obra en los ensayos. Los del National no querían que la viera hasta que estuviese todo a punto, y también me dejaron bastante claro que no tenía ni voz ni voto en la producción. Sus razones eran que “escribir una obra de teatro es diferente a escribir un libro”. Lo cual es cierto: es un proceso diferente y también más fácil, en mi opinión. Una obra teatral tiene sonido, luz, movimiento y música -y mucho personal- para ayudarse; en cambio, un escritor solo tiene el cochambroso abecedario. Tampoco tenemos ensayos que nos ayuden a ver los errores. Tenemos que jugárnoslo todo a una carta, apretar la tecla de enviar y ponernos a rezar.

Tuve muy buenos espías que me iban informando de todo lo que pasaba en la primera línea: “No es fluida, es dificil de seguir, se presta a confusión aunque hayas leído el libro, tiene mucho baile, sí pero no, no se explica bien, no se explica bien, no se explica bien (lo pongo tres veces porque me lo decían mucho), los actores trabajan duro pero no engancha.” Nadie me decía que no le gustara del todo, pero sí que había que esforzarse para cogerle el gustillo. A pesar de todo, parecía estar llevándose sus buenas ovaciones.

Así que la semana pasada me colé en el teatro como lo hiciera Wyatt Earp en las calles de Tombstone, con el dedo puesto en el gatillo, y me encontré con que “Nation” es bastante buena. Es cierto que hay que prestarle atención pero, poniendo cosas en común con el jefe de mis espías, llegamos a la conclusión de que se habían corregido algunos errores.

En mi opinión, le han añadido un trasfondo innecesario a Cox, el villano principal. En el libro es un psicópata despiadado, como una fuerza de la naturaleza. No quería que fuera un personaje muy complejo, sino uno plano, una encarnación del mal. También hay un par de momentos en los que se echa en falta rigurosidad narrativa: si vas a hacer que una niña de la época victoriana utilice una sierra para amputar una pierna durante un número musical, es bastante importante que el público comprenda por qué lo hace. Luego, unos naúfragos que llegan a una isla acogedora después de pasar terribles calamidades deberían tener un aspecto cercano a la muerte, algo que explicaría el tema de la amputación. Y también diría que el final necesita unas veinte líneas de diálogo más para conseguir una sensación dramática que esté a la altura de la situación.

Pero, a pesar de todo, me encanta. No es mi libro, es un medio diferente y hay que cambiar cosas. Donde mi libro dice las cosas con sutileza, la obra las grita. Supongo que mi cometido era llegar al corazón de la gente y el de la obra llegar a la gente que está sentada al fondo del teatro, y eso se acaba notando.

Una trama que se puede desarrollar mediante un monólogo interno de una página ha de ponerse en escena en el transcurso de un par de segundos. En el libro hay tiempo para asegurarse de que el lector comprenda la diferencia entre los abuelos, que son los ancianos de la tribu ya fallecidos, y los pájaros abuelo, una especie de buitres carroñeros. En la obra, son conceptos que se prestan a confusión.

Con todo el respeto a Mark Ravenhill, llevar “Nation” al teatro en todo su esplendor habría requerido una realización de proporciones wagnerianas y, por desgracia, quedaron muchas cosas de lado. Aún así, el resultado no es nada malo: vine con la idea de que acabaría horrorizado y, al final, hasta me gustó. La sala estaba a más de la mitad del aforo, nada mal para haber sido un miércoles. La multitud sollozó, jadeó, vitoreó y lloró, todo ello en el momento adecuado, y me dio la impresión de que, de alguna forma, estaba viendo un melodrama victoriano del siglo XXI. Hablé con muchísima gente después de la representación, firmé muchos ejemplares del libro y me dedicaron muchos elogios. Incluso una pareja de personas mayores que me dijo que no la habían comprendido del todo parecía bastante complacida con que hubiera cosas que escaparan a su comprensión.

Estoy seguro de que ningún teatro del país se habría sentido avergonzado de la tremenda ovación que le dedicaron al final. No era mi trabajo ayudar a los del National (ya sabéis, en ningún momento se nombra al autor). Es cierto que podrían haberme escuchado más, y antes, pero debo admitir que tuve una conversación amistosa con ellos y han accedido a realizar unos pequeños cambios para que sea un poco más fácil de entender, así que a lo mejor no soy inútil del todo.

Pero, en definitiva, el equipo es genial y se nota que es mi historia, aunque un poco descafeinada. Volveré a verla y, seguramente, más de una vez.

Podéis leer la publicación original aquí.

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