La rebelión de las maquinitas: 1×00 Piloto

Todavía recuerdo una de las mayores desilusiones que me he llevado en mi vida con los Reyes Magos. Tendría cuatro o cinco años y les había pedido un Philips MSX. Me había pasado todo el año yendo a casa de mi primo —que por aquella época tenía uno y es, sin duda, uno de los principales culpables de que hoy sea capaz de escribir esto— a jugar al Yie Ar Kung-Fu —sí, aquel juego de lucha oriental de dos botones que sólo tenía cinco contrincantes—. En resumen, que me acabé enamorando del cacharro y los Reyes Magos jamás me lo trajeron. Supongo que habrán pensado que qué iba a hacer un niño de mi edad con un ordenador en vez de jugar con los Playmobil o con el castillo de Greyskull, que fue lo que regalaron. Como si jugar con extraños seres de peluca desmontable o con alienígenas hasta arriba de esteroides supusiera alguna diferencia.

El año siguiente tuve mi MSX, luego una Game Boy, luego una Mega Drive y entré en una vorágine consumista que ha hecho que por mi mano hayan pasado muchas de las consolas del mercado. Viví la Edad de Oro del Software Español, el pique entre Sonic y Mario, jugué en salones recreativos, tuve la última consola de SEGA, vi como la Game Cube caía en el olvido y ando disfrutando al máximo una de las mejores generaciones consoleras que han existido. Los juegos ya no vienen en cintas de casete, ya no tengo que escribir líneas de código para cargarlos, podemos guardar las partidas en vez de tener que apuntar una enorme retahila alfanumérica en blocs de notas; podemos, incluso, conectarnos a internet con nuestras consolas, jugar con gente de todo el mundo y hasta nos venden los juegos por fascículos como contenido descargable.

Las cosas han cambiado. Los videojuegos han pasado de ser un producto marginal a formar parte de la conciencia de toda una generación, de ser una cinta de casete que se vende en un estanco al lado de “Los grandes éxitos de El Fary” a compararse con las grandes producciones cinematográficas y a superar a otras grandes industrias del entretenimiento como son la música o los libros. Pero yo sigo disfrutando de esto como si todavía fuera aquel niño que se pasaba las tardes delante de su televisor con un bollycao viendo como la pantalla se llenaba de colores mientras esperaba a entrar en mundos de fantasía que podía compartir con muy poca gente.

Pasen y vean, comienza La rebelión de las maquinitas—como véis el título no tenía nada que ver con la película que estabáis pensando—.

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2 comentarios to “La rebelión de las maquinitas: 1×00 Piloto”

  1. Qué tiempos, sí. ¿Y los cargadores? Yo tenía un CPC 464 (con unidad de cassete, por supuesto) y me intercambiaba cargadores con unos colegas de Madrid que conocí un verano y tenían un Spectrum, me parece. Y nos los mandábamos POR CARTA. Más ceropuntocero no se podía ser 🙂

  2. Yo no tuve consolas de pequeña (supongo que porque mis reyes magos pensaban que eso era cosa de niños) así que me pasaba la vida en casa de mis vecinos.
    Ahora no hay quien me despegue de mi wii. Que no es la mejor, seguro. pero es la que más me divierte (y la que hace que la lorza de mi barriga no termine de asomar ^_^)

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